Luis Fernando Gutiérrez-Cardona
En medio de este panorama raro he sobrevivido. No sé si los libros de historia borrarán de la memoria este año desangelado, de la misma manera que los egipcios hacían desaparecer, a punta de cincel, un faraón o una época. Quienes venimos del siglo pasado, ya de sus profundidades, no terminamos de comprender nada. En estos días me puse a leer las mil páginas de las Memorias de Churchill de la Gran Guerra y mi admiración por el personaje cayó en picada. No como político o líder o escritor, sino como utilizador de la política o el liderazgo para matar gente. Ni que decir si uno se sumerge en la Segunda Guerra en que la maldad se irrigó a lo largo y ancho de la pirámide desde la cúspide. Todos comportándose de una forma sin nombre porque los salvajes no hicieron jamás algo semejante como para llamarlo salvajismo, los campos de concentración, Leningrado, Londres, Dresde... rematado todo con dos destellos demoníacos y demenciales. A menos que identifiquemos salvajes con hombres, que no humanos. Pero el agua viene podrida desde la toma. Desde el Dios que ordena al padre sacrificarle su hijo, al propio hijo al que exige en sacrificio para satisfacerlo a Él. No creo que sea época para la esperanza. Tan solo de tiempo de pasar el día a día. Ojalá cada uno pudiese detener su vida tras tantos años como los deseados, con uno más para solo dedicarlo a verla en perspectiva y ver que es más que uno y que sus sumas, que mal acaban en un lugar del que ni tierra queda, apenas residuos calcáreos e inútiles.
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