Epicuro

"Haec, inquit, ego non multis, sed tibi; satis enim magnum alter alteri theatrum sumus. "
Epicuro

"Ciegos que viendo, no ven."
José Saramago

Crónicas, escenas y reflexiones sobre el mundo y lo que veo.

diciembre 07, 2020

Fiesta


 Luis Fernando Gutiérrez-Cardona

 


Las fiestas del ocho de diciembre solían ser las más importantes del año. Eran las de la virgen y la devoción era mucha. Había novena y alcancé a hacer parte del coro del padre Gabriel Escobar, párroco por poco tiempo que solía darnos más pescozones que oraciones. Hacían recogidas de plata, cada vereda desfilaba con sus cintas colgando de un palo y en ellas tantos billetes como podían traer de la Albania y Guacas, o de Tenerife, de La Rioja o San Daniel. En la noche previa quemaban pólvora en la plaza en cantidades, voladores, castillos, granadas en profusión. Los niños comprábamos totes libremente donde don Antonio González o donde don Daniel, no sé si don Víctor Arias vendía; eran como unos botones azules, pegados de hojas de papel, que uno retiraba, rozaba en el pavimento y saltaban aunque no pocas veces se quedaban, encendidos, pegados de los dedos. Eso era peligroso y además, siendo fósforo puro, venenoso. Pero eran aquellos tiempos despreocupados en donde cualquier cosa pasaba por voluntad divina. En todo caso el ocho extendían una gran culebra de tacos explosivos que le daba la vuelta a la plaza y a las doce en punto la encendían.... Pum... pum...pum iban estallando taco a taco y en menos de un minuto todo había terminado. O empezado, porque entonces los niños iban a buscar aquellos que no habían estallado y siempre siempre un taco sonaba a destiempo llevándose consigo algún dedo y generando gran carrera al hospital, o los residuos de pólvora que juntos hacían un infiernillo que o bien se encendía con un pucho o bien, los más atrevidos, tapaban con una piedra soltándole una más grande encima que hacía que explorara. Luego la tarde era silenciosa. Los campesinos volvían a sus veredas y el señor cura a sus misas tras contar el dinero y los terneros y una que otra vaca, que también eso llevaban a la virgen, con patos, gallinas y marranos. Días aquellos... Dioses aquellos...
Un día mi hermano Carlos Alberto participó en la búsqueda, hizo con sus amigos un infierno con lo que encontraron, y se quemó las cejas.  Mi padre que era rápido para ello lo acogió con algunos correazos y a renglón seguido le compuso un versito burlón que tuvo que soportar toda la vida: "Por polvorerín polvorerillo,  le quemaron el fundillo"

 

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