Luis Fernando Gutiérrez-Cardona
Mi padre armaba con la hoja de un árbol un barquito al que ponía como mástil su flor y nos lo daba para que lo pusiésemos en el charco que había armado en la quebrada, haciendo una barrera de piedras. Por unos instantes, plácidamente, flotaban. Luego la corriente los llevaba con ella y los deshacía en los resquicios de las rocas hasta desaparecerlos. Ya pensaba entonces en la vida como agua a veces, a veces como la hoja transmutada en barquito, siempre como un naufragio en potencia.Ha pasado mucho tiempo. Lo que aprendimos en esos paseos en que los hermanos nos hicimos hermanos ha perdurado así como mi dosis de melancolía y mi sensación de abandono y auto dependencia. Con una batería de amor, lo que eso sea, apenas usada, y una enorme incapacidad de hacerme comprender.El mundo se hace brumoso. Uno regresa con frecuencia a "ese abrevadero amable y romántico donde el amor fue amo y señor" con la esperanza de encontrar una sonrisa. Ahora, las luces se hacen más escasas y la alegría apenas si, disimulada, se asoma por entre los resquicios.
“Por falta de sosiego, nuestra civilización desemboca en una barbarie. En ninguna época, se han cotizado más los activos, es decir los desasosegados. Cuéntase, por tanto, entre las correcciones necesarias que deben hacérsele al carácter de la humanidad el fortalecimiento en amplia medida del elemento contemplativo” (Humano, demasiado humano, Nietzsche).
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