El lago en que habito, ese lugar encantado que me hice y ocupo, está hoy más lleno de futuro que de presente. Quizás ayer fuese más lleno de pasado -así lo hicieron- que de un ahora veloz llamado infancia, atormentado por culpas infundidas e infundadas y mantenido por el dolor y el ansia de martirio. Con todo, no he tenido miedo en presente, mas empiezo a tenerlo en pretérito y no voy de nada en futuro.
La ciudad luce triste, el rostro de los amigos es amable pero esconde, sin poderlo disimular, la sensación de desesperanza. Esa desesperanza de que habla García Lorca: "el más terrible de los sentimientos es el sentimiento de tener la esperanza pérdida".
Confieso que es difícil simular normalidad.
Ayer coincidí en el sitio de almuerzo con uno de esos amigos que se quieren. Y nos hablamos con la alegría del encuentro, de mesa a mesa "por el distanciamiento", dijo él, aunque lo invité a sentarse en la mía. Está bien, pero no lo está. Como la letra de aquella salsa de Blades o de Willie Colón: su boca dice que sí, pero sus ojos dicen "mentira".
No son buenos los tiempos.
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