Cuando miré hacia atrásEl hombre que me cruzóSe había perdido en la neblina—Shiki
Hay libros que uno no debe leer demasiado pronto. O tal vez si para tener que hacerlo otra vez. Ahora ando de nuevo con Jack Kerouac. Leer, temprano, 'En el camino' me impulsó a querer conocer, y hacerlo, un largo tramo de la Ruta 66 desde Flagstaff hasta Santa Mónica. No son los mismos caminos que describe. Son autopistas que se andan a la velocidad límite en las que todo queda al lado mientras uno las siga. Pero aún así el paisaje, el viento, la temperatura...
Retomo 'Los vagabundos del dharma' y a medida que me adentro me adentro en mi y quiero pensar qué nos mantiene unidos a ese lugar donde nacimos o crecimos si solamente estuvimos allí una fracción, marginal si se quiere, de una existencia de muchas formas ya muy larga. ¿Por qué querer ir a ese lugar y no a otros que tiene igual belleza y similares energías? Pienso en el fin de semana en que mientras Alberto se tomaba un respiro con los suyos y Ancizar ya se había marchado, me fui hasta ese puente centenario, recorrí sus tablas, observé su armoniosa estructura, miré el río naciente apenas pero permanente y poderoso. Y contemplé la gran roca que da forma al charco en que descubrimos el agua fría, y algunos el amor, igual que esos jóvenes que a tan temprana hora están sentados en ella queriéndose querer, deseándose. Miré hacia el camino, ahora cerrado por un broche, hacia los árboles y la inmensidad verde azulada de las montañas altas apenas tocadas por el hombre arriba, arriba, mientras aquí abajo algunos troncos tristes yacen por el suelo y otros aguardan la sierra y las máquinas que los hará polvo aglomerado, cartón o fuego. Pero ese aire que de tan transparente hace ver opacos mis lentes costosos y perfectos. Pero esa alma que quiere salirse de su estuche. El silencio, roto si por el ruido mental, embriaga y despierta los sentidos. Algunos chicos, en la esquina del otro lado del puente, consumen las cervezas que la noche no concluyó. Y otros en el prado, al lado de su motocicleta, fuman sin hablar y sin verme cuando paso por su lado a no más de un metro. Es que no estoy aquí, me digo mientras avanzo ya descalzo, es que -ya lo sé- soy invisible... creo sentarme en una banca que hay allí, supuestamente fatigado. No tengo un café a mano pero si una de esas bebidas que dicen dar alas. ¿Qué nos hace volver donde ya nadie nos conoce, salvo aquellos que si conocemos? Me lo pregunto siempre, y no lo entiendo. Quizás es que no esté volviendo. Tal vez nunca me fui.
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