No me gustó el cementerio de Arlington. Es inmenso, muy bien cuidado, las tumbas se repiten por las colinas, filas y filas de cruces blancas con un nombre en ellas que algún paseante leerá si está en los bordes. Categorizadas, al parecer, por allí están los soldados y más arriba, al lado de la de Kennedy, su mujer y sus hijos, están los almirantes y generales que quizá hayan muerto en la cama. Mi acompañante, americana de adopción, me escuchó, con sorpresa, decir: "tantos muertos por nada". No ofendería sus sentimientos y me contuve. Tantos muertos injustificados como los de la invasión de Normandía matanza que no resiste análisis pues pudieron entrar por cualquier parte pero no les importaba a los jefes cuántos murieran. Estaba calculado. Y fueron inútiles, de inutilidad total, no sabían siquiera por qué luchaban y los que los mandaron tampoco, los cien mil de Vietnam, los miles de jóvenes en Irak, Afganistán y tantas otras partes. Pero admiro el honor que rinden a su gente. El respeto, la veneración. Irónicamente en el paso, a pocos metros, está la inmensa estructura desde la que se ordena ir a morir en guerras perdidas. Hay una bandera que expresa un sentimiento.
Nosotros, en Colombia, no les rendimos ningún aprecio a nuestros héroes. No me refiero a los de charreteras montados en caballos de bronce algunos de los cuales fueron buenos cobardes. Me refiero a los que en selvas y montañas frustran deseos de ideologías ajenas. La bandera se pone patas arriba... no porque sea un trapo sino porque se desprecia en vez de apreciar lo que significa. Apreciar en términos de agregarle valor, de hacer lo necesario, no de quitárselo.
Sali de allí triste, por ellos y por nosotros.

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