Al cruzar la calle, a unos quince metros, en la esquina de un barrio sembrado de concreto, frente a un edificio feo y al lado de otro apenas anodino, hay un hermoso roble. Muy frondoso, su millón de hojas son mecidas por el viento de manera inarmónica, caóticamente ordenada, y se ven a veces como muchísimas palomas verdes o miles de mariposas verdecitas que brillan por el agua que les ha caído. No están sujetas a nada: forman parte de un sistema que se hizo junto, flotan y como que van en una nave al impulso de algún soplo cósmico. Inmóvil, miro al roble que me lleva con él, ¿qué otra cosa podría hacer si me hago una entre sus hojas?
En el interior un murmullo de consonantes y vocales, de luces y armonías, de vida.
*
No hay comentarios.:
Publicar un comentario