Entonces me voy al hospital -comienzo a ser asiduo- y todo se llena de vacío. Se calla la música, el computador en pausa, no hay pasos, la cafetera se apaga, las frutas languidecen.
¡Ah!, me dicen: el silencio... el andar incesante del perro que mira a la puerta y busca sin encuentro.
De pronto ¡la explosión que es volver y hacerse comida, risas, cantos, y luces que se encienden, y desorden! ¡Y ese abrazo! ¡Ese abrazo! Todo sonríe todo, hasta las máquinas.
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