Una vez, más de una en realidad, me vi recorriendo el desierto de Arizona. Esas rectas infinitas que llevan adelante donde con o sin un pequeño giro o desnivel, se sigue recto. Todas esas formaciones en donde habitaron, habitan creo, los dioses de los indios navajos, aun presentes, pasan por los lados a la velocidad puesta al auto. En algún lugar al borde había puestos de ventas sin presencia humana de joyas artesanales hechas por los seres que habitan muy adentro donde llevan los caminos destapados que se desprenden de la autopista. Nos detuvimos. Uno tomaría lo que deseara y dejaría el valor indicado allí mismo bajo una piedra.
No se debe andar así en la comodidad del aire acondicionado mirando al frente, o dormido con un poderoso sistema de sonido en las orejas, mientras se ofrecen a la vista las maravillas que la tierra ha hecho en eones. ¿Qué hay para hacer aquí? Preguntaban mis compañeros, y yo pensaba y decía: ver. Pero ni yo lo hacía.
Hoy, cuando se que no volveré, regreso por una foto o una película que me lo recuerda, y mi alma vuelve a ver el perfil de esas extrañas formaciones de roca color rosa, y vive el encuentro con una luna como nunca vio. Como no volverá a ver.
No me importó la ciudad de Las Vegas.
El camino para llegar vale la pena.
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