Reconocí esas manos,reconocí esas alasde paloma dorada.—Pablo Neruda
Quisiera decir que el día de alumbrado me trae recuerdos. No es así. Me veo, no en el pasado sino aquí mismo, jugueteando con las manos de mi padre, siendo vestido por mi madre para ir a la iglesia, esperando el medio día en que encenderían una culebra de tacos explosivos que rodearía el parque y luego los fuegos artificiales que en nuestra mente y corazón no serían inferiores a los de ninguna parte del mundo por mucho que ninguna de ella nos fuera conocida. No recuerdo, ya de adulto, sino que vivo, los buñuelos de mi madre, su rosario, su lléveme mijo a ver la ciudad, o aquellos tragos con mis hermanos que iban cayendo uno a uno y llenaban la cuadra de afectos y sonrisas que fueron aumentando con la llegada un año si y otro también de nuevos seres. No recuerdo sino que vivo aquel alumbrado de cuando mi hermano estaba a punto de partir y vivo en el presente cada farol encendido por manos amorosas y cada plato que circula al pasar de las horas.
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