El pincher, uno pequeño, fue dejado en un lugar donde los cuidan mientras su compañera humana iba de viaje. Fue el jueves. Tan pronto vio una posibilidad el perrito salió del lugar sin que hubieran podido darle alcance ni saber a dónde fue. Enterada, la dueña regresó de inmediato y se puso en su búsqueda. Caminó las veces que pudo todo el sector, comentó en cada ventana abierta, en la portería de cada edificio, a través de cada medio. Lo llamó a gritos desde los rincones, desde el centro de las calles, dio voces en las esquinas, hurgó por las puertas de los garajes. Lo buscó bajo el sol, bajo la lluvia, fue donde cualquiera le dijo que tal vez. Alguien lo vio pasar -tenía puesta una prenda para el frio-, otro dijo que estaba en un potrero, alguno lo vio cerca de su casa. Decidió dormir en un saco en la puerta del edificio donde viven -amo y perro- en la seguridad de que volvería por sus propios medios. Pasó el viernes, Pasó el sábado. Pasó el domingo. Anoche el perrito se arrimó a comer lo que ella provisoriamente había dejado en la puerta. Como seguía durmiendo allí, como no se rindió, lo sintió y pudo tomarlo. El lugar del que salió está a cinco o seis cuadras por vías con mucho tráfico de un barrio intrincado. Llegó, váyase a saber si desde el mismo día, se refugió en algún lugar, y encontró su hogar donde, las manos y el corazón afectuoso, lo esperaban en la alta noche. Los milagros del amor.
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