Entre los libros que mi padre amaba y siempre tenía en su mesa de noche, estaban El Quijote -del que sabía capítulos de memoria-, La hora 25, y Kon Tiki. Este es un relato de un grupo de noruegos que les dio por atravesar el océano pacífico desde Perú en una balsa de troncos, construida por ellos mismos. Lo hicieron, hasta llegar a una isla de la Polinesia.
Obviamente ambos libros pasaron por las manos de todos. Váyase a saber dónde quedaron o si mi madre en un arrebato de limpieza los acomodó en algún tarro de basura.Los textos están entre los míos. Pero no tienen el mismo olor, el mismo sabor, ni la misma consistencia de aquellos tocados por el tiempo, por tantas manos, y por el humo del pielroja que sobre ellos se depositó entre lecturas.(También mis esperan que se disponga de ellos de alguna manera poco espiritual...)Anoche en mis desvelos, busqué Kon Tiki y copié:«Con los peces pilotos trabamos conocimiento en otra forma. Los tiburones los traían y nos los dejaban adoptar después que les dábamos muerte. Hacía pocos días que navegábamos cuando nos visitó el primer tiburón y a poco la presencia de éstos era una diaria visión. Algunas veces se acercaban sólo para inspeccionar la balsa y seguían su marcha en busca de presa después de darnos una o dos vueltas; pero más a menudo tomaban posición en nuestra estela, justamente detrás de la espadilla, y allí se quedaban sin hacer el menor ruido, iban suavemente de babor a estribor y daban de cuando en cuando un ligero coletazo para mantener su velocidad a tono con el plácido avance de la balsa. El cuerpo gris azulado del tiburón parecía siempre pardo a la luz del sol debajo del agua, y se movía verticalmente al compás de las olas, sacando siempre fuera su amenazadora aleta dorsal. Si la mar estaba movida, el tiburón era levantado a mucho más de nuestro propio nivel y entonces teníamos una visión directa del costado del animal, como en una vitrina, mientras nadaba majestuosamente a nuestro encuentro, con su bulliciosa comitiva de peces pilotos delante de sus mandíbulas. Por unos cuantos segundos parecía como si ambos, el tiburón y sus rayados compañeros, fueran a subir a bordo, hasta que la balsa escoraba graciosamente a sotavento, subía sobre la cresta de la ola y descendía por el otro lado.»«A veces nos encontramos en situaciones raras, sin saber cómo. Nos metemos en ellas paso a paso y del modo más natural, hasta que, de súbito, cuando estamos ya enzarzados, el corazón nos da un vuelco y nos preguntamos cómo diablos pudo ocurrir aquello.»Thor HeyerdahlKon Tiki
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