Caminando por Arlington uno se hace muchas preguntas. Todo perfecto, los prados, los arboles, las tumbas, el silencio, el respeto. He visto cementerios así en otras ciudades de USA y otros países. Son el consuelo que el poder otorga a aquellos de quienes utiliza la vida. Centenares de miles de jóvenes que caen enfrentando enemigos que no son personales suyos. Simientes de algo que no tuvo opción de surgir. Que sirven al país, dicen, en causas que desconocen. Los generales, que no caen en batalla, ocupan los lugares más elevados en las colina. Los líderes que provocan o alientan las guerras mueren en sus camas, reclamando gloria en vida y muerte y yacen en catedrales o grandes mausoleos a donde son llevados por multitudes dizque agradecidas.
-No habrá que llevar flores a mi tumba ni lo hará nadie. De hecho las tumbas desaparecerán. Los residuos por los que aun se guarda algún respeto, llegado el momento de los mios, quedarán sin recoger en el proceso industrializado de su disposición. Y las cosas... las cosas irán a una bolsa negra para su reciclaje, si algo sirve. El olvido -la presencia es otra forma de basura- será inmediato: no hay que adornarlo.

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