Epicuro

"Haec, inquit, ego non multis, sed tibi; satis enim magnum alter alteri theatrum sumus. "
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"Ciegos que viendo, no ven."
José Saramago

Crónicas, escenas y reflexiones sobre el mundo y lo que veo.

junio 22, 2026

Crónica — La última vez - Elecciones Colombia

 

Crónica — La última vez

Luis Fernando Gutiérrez Cardona

 

Hoy, al votar, tuve la sensación de estar cerrando un ciclo que empezó hace medio siglo, cuando Colombia era distinta y era la misma. La primera vez fue en 1974: tenía 21 años, la mayoría de edad era un privilegio tardío, y el país aún caminaba con el aliento del Frente Nacional pegado a la nuca. En la lista aparecían tres apellidos heredados de un álbum familiar: López, Gómez, Rojas. De los hijos de presidentes a los hijos de nadie que quieren serlo, así ha sido nuestra política: un péndulo que oscila entre la herencia y la improvisación, entre el linaje y la ocurrencia.

 Recuerdo la tinta roja de entonces, espesa, ceremoniosa, indeleble por un rato. Era un rito: recibir la papeleta, hundir el dedo, salir con la marca como quien porta un sacramento civil. No recuerdo por quién voté —quizá por López, que resultó un petardo, como tantos otros después—, pero sí recuerdo la sensación ingenua de estar entrando en la vida adulta por la puerta grande de la democracia.

 Desde entonces, el país avanzó por inercia, como un animal herido que sigue caminando porque no sabe hacer otra cosa. La violencia nunca se fue: solo cambió de uniforme. Pasamos de la violencia política al terrorismo, y de este al narcotráfico; del miedo rural a las bombas en las ciudades; del asesinato indiscriminado al selectivo; del secuestro como industria al miedo como atmósfera.

Vi la entronización de la narcocultura, ese reinado sin corona que nos marcó la piel y el lenguaje. Viví el estremecimiento de una parte del país cuando mataron a Galán, disparos que aún dividen la memoria entre lo que pudo ser y lo que no nos dejaron. Vi cómo un presidente llegó al poder con el dinero de las drogas, un episodio que pesa sobre nuestra historia. Vi las espesas columnas negras saliendo del Palacio de Justicia. Vi apagones, constituyentes, treguas, rupturas y recaídas. Vi cómo la esperanza se inflamaba con promesas de paz y cómo se apagaba con la misma facilidad que una vela en un corredor ventoso.

 Hoy la tinta ya no es roja sino negra, digital, silenciosa. Una huella que no mancha, que no pesa, que no promete. Y al verla pensé —sin dramatismo, solo con la serenidad que da la edad— que esta había sido mi última vez. No por decepción, que esa es vieja compañera, sino porque dentro de cuatro años, si la estadística se cumple, quizá ya no esté para alimentar ilusiones sino vacas.

 Miré mi dedo un momento más. Ese dedo que ha marcado elecciones desde que era un muchacho con más pelo y menos dudas. Ese dedo que atravesó la Constitución de 1886, la de 1991, los años del miedo, los años del exceso y los años del cansancio.

 Le dije en silencio:

 “Fue tu última vez. No ha servido de mucho. Pero tú has sido un buen compañero.”

 Esta crónica no es sobre los candidatos ni sobre el país, sino sobre el hombre que envejecía mientras Colombia no: testigo persistente, votante disciplinado, ciudadano sin épica, fiel a un rito que quizá no cambió el rumbo de la historia, pero que sostuvo —a su manera, mínima y obstinada— una democracia.

 Patria que adoramos en el silencio mudo.



 

 


 

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