Luis Fernando por Luis Fernando
Hay días en que el mundo se arrima demasiado. No es que llueva: es que las nubes lloran, y uno siente que esas lágrimas buscan un rostro donde caer. El aire se pega a la piel como si quisiera recordarte que también eres suyo. Y por un instante se deja de ser alguien para ser apenas un temblor, una respiración más de la tierra.
En esos días llegan también las pequeñas punzadas. Palabras torcidas, gestos que raspan, voces que te nombran sin conocerte. Duelen mucho, y cansan. Y entonces vuelvo a la tristeza, al silencio, como quien regresa a un cuarto donde al menos no lo miran. No porque quiera quedarme ahí, sino porque afuera todo roza demasiado.
Dicen que pienso de más. Puede ser. Pero pensar no es el problema. El problema es decirlo donde no cabe, donde aburre, donde se malentiende. Así que guardo lo mío hacia adentro, y hacia afuera dejo solo lo que encuentre quien quiera encontrarlo. Escribo no para hablarle al mundo, sino para hablarme. El otro, si llega, es testigo opcional.
Y aun así, cuando alguien querido me habla desde su propio derrumbe, algo en mí se abre. No para explicar nada, sino para acompañar. Porque hay momentos en que la fe se agrieta, la esperanza se vuelve un hilo delgado, y uno se siente dividido entre agradecer y reclamar. Y eso también es humano.
Quizá todo esto sea solo cansancio. O una sensibilidad sin abrigo. O la forma en que el alma se encoge cuando el mundo se mueve demasiado fuerte. No lo sé. Pero hoy me digo esto, en voz baja: no estoy roto. Solo estoy permeable. Y aunque duela, también es una manera de estar vivo.

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