Raíces y alas. Pero que las alas arraiguen y las raíces vuelen—Juan Ramón Jiménez
Un día, sin darnos cuenta, descubrimos que empezamos a mirar a nuestros padres de otra manera. Ya no solo como quienes nos enseñaron a cruzar la calle o a enfrentar la vida, sino como seres vulnerables, atravesados por el tiempo.
Nos vamos haciendo más parecidos a ellos. Su pelo blanquea, su frente se expande. Las llaves aparecen en el lugar en donde dice nunca haber estado. Un leve sismo afecta la taza de café.
Y aparece una emoción que casi nunca nombramos: el sentir silencioso de los cambios. El de aceptar que ciertas cosas no volverán a ser iguales; que la fuerza tiene límites; que la memoria se vuelve frágil; que la autonomía —ese bien tan discreto— también es finita.
Entonces comprendemos que, sin haberlo decidido, empezamos a ser, poco a poco, padres de nuestros padres.
Por eso quiero decir con simpleza:
Feliz Día del Padre.
Y de los hijos padres.

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