Re_flexión
Luis Fernando Gutiérrez Cardona
La frase llegó como llegan las cosas que se quedan vibrando en la mesa: «excepto el reloj: ese siguió funcionando hasta que se cortó la electricidad».
Es una frase pequeña, doméstica, un comentario al pasar. Pero en su centro hay una verdad que no se dice del todo. Uno la escucha y sigue adelante, pero la frase se queda insistiendo, esperando que el pensamiento vuelva sobre ella.
La torre descansa recostada, como un animal cansado. Ya no señala el cielo en vertical: se inclina, se flexiona, se vuelve símbolo doblado de algo que parecía firme.
Dicen que pesa cuatrocientas toneladas. Puede ser. Pero su peso real es otro: el de la memoria que ya no puede sostenerse recta. Mejor dejarla así, que reconstruirla.
La frase abrió una idea más grande. La energía mantiene al reloj. El reloj sostiene la idea del tiempo. Pero cuando la energía cesa, el tiempo sigue.
Lo visible necesita ser alimentado; lo invisible se basta a sí mismo.
La imagen del reloj avanzando en medio del desastre, fiel a su tarea, hasta que la electricidad lo apagó, me toca. La intuición de que lo que se detiene no es lo esencial. Que la caída no cancela la continuidad. Que la oscuridad es más antigua que la luz, y más paciente.
Y en ese mapa, la ciudad temblada dice algo sin palabras: el tiempo no se mide por lo que sigue en pie, sino por lo que permanece incluso cuando cae.
O cuando cae sin caer del todo. O cuando se flexiona, como el pensamiento.
Una imagen de 1941 muestra que la catedral respiraba con la plaza, integrada a ella como un cuerpo a su sombra. La fachada era parte del espacio abierto, y la plaza encontraba en la catedral su eje. No había desniveles ni distancias simbólicas: la ciudad se organizaba alrededor de esa verticalidad.
Pero excavaron para aplanar la plaza —ese error visto en perspectiva— y todo se desacomodó. La catedral quedó encaramada en un pedestal que no pidió. La gobernación, en cambio, quedó hundida, metida en un sótano que la apartó.
La plaza es hoy un monumento al ladrillo, mugroso y abandonado, con un gallinazo por escultura que no se sabe si vuela o repta. Una alegoría involuntaria.
Y ahora, con la torre flexionada, esa decisión urbanística apta para el espectáculo parece parte de la misma historia: una ciudad que ha ido inclinando sus símbolos, torciendo sus alturas, dejando que lo esencial se esconda en lo que ya no se sostiene del todo.

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