Nota al margen
Resonancia
El 10 de agosto no tembló la tierra: tembló la idea de estabilidad.
El desayuno quedó detenido en la mesa como una fotografía mal tomada.
El edificio se volvió animal, sacudiéndose para quitarse quién sabe qué peso.
No hubo tiempo para correr ni para rezar. Solo para sostenerse de algo, de alguien, de uno mismo.
Cuando todo paró, el silencio fue más extraño que el ruido.
Un silencio sin pájaros, sin motores, sin conversaciones.
Un silencio que parecía preguntar: «¿y ahora qué?».
Abrazarse fue la primera respuesta.
Mirar los daños, la segunda.
Salir a la calle, la tercera.
Cada gesto era una forma de volver a entrar en el mundo.
Y, sin embargo, lo más difícil no fue el temblor, sino la emoción que no llegó después.
Ese hueco donde debería estar el susto, la rabia, la gratitud, la lágrima.
Ese quedarse en blanco, como si el alma también hubiera caído al suelo y estuviera esperando que alguien la recogiera.
Pero incluso ese vacío es una emoción.
Una que llega cuando el cuerpo ya hizo todo lo que podía.
Una que dice: «Sigues vivo, pero todavía no sabes cómo contarlo».
Me temo que la madurez tardía también consiste en no saber, a veces, cómo sentir.
La anécdota
El 10 de agosto de 2026, a las 7:34 de la mañana, estaba desayunando, listo para salir al trabajo. De pronto llegó el terremoto. No empezó, como suele ocurrir, con un movimiento suave. No. Desde el primer instante fue brutal.
Vivo en un noveno piso y no había nada que hacer. Ni siquiera correr: el movimiento era tan violento que impedía dar un paso. Las cosas caían alrededor. Solo alcancé a decir: «Ya va a parar». Pero no paraba. Y solo terminó cuando, del mismo modo en que había comenzado, se detuvo de golpe.
Miramos alrededor, nos abrazamos y entendimos que, por fortuna, había cosas rotas, pero los huesos seguían intactos.
La gente ya llenaba las calles. Empezamos a recoger objetos destrozados: trozos de revoque, enchapes desprendidos, espejos rotos. Encontramos a dos vecinos con la mirada fija en el vacío y nos felicitamos por seguír vivos.
Unos quince minutos después dejamos el apartamento ya casi todo ordenado. Bajamos por la escalera, cubierta de pedazos de concreto, y salimos a la calle, donde cada uno contaba su propia versión del mismo temblor.
Comenzaba a saberse el tamaño del estropicio. Aún se está sabiendo.
«Todo pasa y todo queda», dice el poeta.
Quizá lo más extraño no sea el terremoto, sino descubrir que, después de sobrevivir, uno tarda más en encontrar sus emociones que en recoger los escombros.
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