A veces, de pronto, a las dos de la mañana, me despierto. No hay motivo: la casa está en silencio, el aire en su sitio, el cuerpo sin sobresaltos. Todo parece normal. Y pienso en ti.
Pienso en ti con la certeza de saber que no lo sabes, que no tienes por qué saberlo, que nada en tu vida se mueve por este pensamiento mío. Y esa distancia —esa falta de obligación, de reciprocidad, de expectativa— me da una libertad extraña: puedo pensarte sin deberte nada, sin pedirte nada, sin esperar un eco.
Atado, pero libre. Como quien recuerda una melodía sin necesidad de que alguien la escuche.
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