Mis relaciones con las redes sociales están rotas. Facebook tenía interés en mi por interés. Yo, honestamente, lo he perdido. Los amigos -queda un único puñado- escaparon por debajo de la puerta sin una palabra de despedida, sin ningún lamento. Todos los que pasaron por allí, no miles sino unos centenares, concitaron algún sentimiento amable, perturbador, persistente e inolvidable. Ya no aparece un mensaje de improviso en mi pantalla. Ya lo pienso cien veces antes de poner uno en la pantalla de alguien. Dejé mucha parte de mi conocimiento, de mi laboriosidad y de mi curiosidad en notas que jamás alcanzaron más allá de una veintena de me gusta, pero no me siento mal por ello: lo que uno lleva dentro es valioso en cuanto lo comparte y lo que hice lo hice porque me dio la gana. Lo que subí allí en forma de notas o de otra manera, visto en perspectiva, me sorprende. No uso otras plataformas a excepción de un blog en blogger en que escribo para mi mismo. Qué pesar: los cementerios bullen silenciosos de alaracosos que en algún momento se creyeron importantes. Así es la vida. Es verdad que el entorno lo influye a uno, y uno influye al entorno no tanto: el mundo está ahí en su condición actual sin importarle que me guste o no.
©lfg-c

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