Soñar que yo soy yo, soñar que tu eres tú. Soñar que tú y yo soñamos entonces un sueño recíproco.
En noches alunadas, ahora y entonces recurrentes, un duende incomprensible llevaba y traía mensajes que hablaban de bosques solitarios, de árboles florecidos, de nubes de colores y de pies cubiertos por zapatos encantados.
No se hablaba de uno ni de otro. Una corriente continua de energía bidimensional recorría valles y colinas hasta y desde ti.
El amor flotaba sin ser mencionado, la pasión no obedecía a palabras del lenguaje común.
Si, el don era la palabra que se fundía ya tarde en la noche con silencios, sin recurrir a la piel, sin exhibiciones ni requerimientos.
Yo te amé entonces, te desee y te quise. Lo sabías. Sin pedír nada dimos todo. ¿Te amé? Ese verbo no tiene para mí pretérito perfecto.
Por eso hoy, al borde del paso definitivo, pienso en ti habitante de las noches largas.
A punto de olvidarte no te olvido.
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